viernes, 26 de septiembre de 2008

Al rescate del niño interior


Cuántas veces los adultos nos hemos preguntado cómo le hacen los niños para ser felices ante cualquier imprevisto y en cualquier lugar; en dónde encuentran el placer de vivir, de reír a carcajada abierta y sin temor a la crítica, de soñar e imaginar las más extraordinarias historias y, en su mundo, hacerlas realidad. Cómo le hacen para reponerse, de un momento a otro, de un regaño, de un golpe sufrido tras una caída o de una discusión con sus amiguitos, sin guardar rencores ni remordimientos.
Sin duda, todas estas cualidades, inherentes en los niños, deseamos tenerlas quienes ya somos grandes, quizá por ese anhelo inmenso de poder volver a ser niños, porque en ese estadio de vida todo es completamente diferente.
Precisamente la niñez es la etapa en la que somos más capaces de «ver con el corazón, lo que los ojos no pueden ver». Así lo escribió Antoine De Saint-Exupéry, en su libro El Principito, un texto que nos muestra cómo, a menudo y sin darnos cuenta, los «niños mueren»; es decir, el alma se les oscurece y el corazón se les esconde; las lágrimas son pecado y el amor una ficción, y el juego es sólo una oportunidad de sentirse y verse ridículo; es decir, se han convertido en adultos.

No damos paso sin huarache
Durante la edad adulta, o sea, cuando ya abandonamos los juegos y hemos entrado en un periodo en el cual medimos, cavilamos, no sin desconfianza, sobre los valores, como la seriedad, la madurez, la responsabilidad, el control de los sentimientos y la ejempla-ridad de nuestra conducta, eso, en ocasiones, lejos de convertirnos en personas equilibradas y dichosas, nos conduce a frustraciones y a dejar de lado, por conductas impropias de la edad y del estatus de padres, propuestas que nos traerían mucha satisfacción, y que no hacen daño a nadie. Sobre todo las referidas a poder externar nuestros sentimientos, especialmente hacia nuestros seres queridos.
A estas alturas, debemos ser conscientes de que, a lo largo de nuestra vida, llevamos en nuestro interior tres distintas personalidades, según lo explicó la psicóloga Edith Montes Amezcua, miembro del Departamento de Psicología Aplicada de la Universidad de Guadalajara; se trata de tres tipos de conducta ligados a otros tantos modos de pensamientos y sentimientos, entendidos como «estados del yo»: El «estado padre», el «estado adulto» y el «estado niño». Algo así como si en el interior de cada persona hubiera un padre, un adulto y un niño que se manifiestan permanentemente en nuestras conductas.
Montes Amezcua explicó que el «estado padre» representa el concepto enseñado sobre la vida, y se manifiesta fundamentalmente cuando damos nuestra opinión al respecto de algo, aconsejamos, protegemos y actuamos según normas tradicionales, además de que siempre actuamos con poder y seguridad.
Por otro lado, en el «estado adulto» formulamos juicios, analizamos la información, reflexionamos, tomamos decisiones, calculamos las posibilidades, actuamos con pragmatismo y según el criterio de la oportunidad. Por último, el «estado niño» comprende lo que sentíamos e interpretábamos cuando éramos niños y adolescentes, e incluye la forma de actuar típica de esa edad. Se muestra en la expresión y vivencia intensa de las emociones, la intuición, la creatividad, la impulsividad y la curiosidad. Son los momentos de la experiencia de lo biológico y de los sentimientos de indefensión, alegría, miedo, capacidad de goce y desarrollo de la fantasía.

El equilibrio, la clave
La Dra. en Psicología Social abundó en que la clave para lograr ser un individuo en armonía consigo mismo y con los demás, radica en el momento en que se logra que las tres formas de ser «padre», «adulto» y «niño», guarden equilibrio: «Estas tres dimensiones son necesarias para que la persona pueda desarrollarse en plenitud. La clave es que se dé un equilibrio entre los tres niveles».
Detengámonos a pensar un momento sobre lo bien que nos sentimos cuando rescatamos nuestro espíritu más genuino, el infantil, porque es el más original, y el menos condicionado de nuestra personalidad; sin embargo, esta tarea no resulta fácil, puesto que la cultura dominante y la educación que hemos recibido, valoran y privilegian más el «estado padre» y el «estado adulto». Estas opciones no son malas, pero no debemos limitarnos solamente a éstas, ya que al hacerlo, sepultamos al niño que todos llevamos dentro, que nos permite vivir la espontaneidad, la sinceridad y la alegría, necesarias para lograr un equilibrio en nuestra vida, para reivindicarnos con nuestro ser interior.

¿Qué hacer para recuperar a ese niño, tan olvidado, que llevamos dentro?

• Vivir las emociones. Están para eso: Para ser vividas. Ni reprimidas, ni exaltadas. Básicamente, existen cuatro emociones: Miedo, rabia, tristeza y alegría. Pero se nos prohibió tan pronto vivirlas y dejarlas salir, que las hemos puesto en un rincón de nuestra vida. Permitámonos sentir y aceptar el miedo, no prohibirnos la rabia, asumir la tristeza y la alegría en todas sus formas. El único límite es el respeto a los otros y a nuestro equilibrio personal.
• Desarrollar la intuición. Ese sexto sentido que parece tener tan poco que ver con la racionalidad. Ese olfato para captar los matices, para interpretar las situaciones y diseñar conductas, es más fértil de lo que parece.
• Dar rienda suelta a la creatividad. Apartémonos de la rigidez, de lo aprendido, de lo que nos lleva por carriles preestablecidos. Dibujar, pintar, modelar, cantar, tejer, tocar un instrumento, cultivar plantas o árboles, coleccionar, escribir... ¡Hay tantas opciones atractivas para emplearlas en el tiempo de ocio!.
• No perder el sentido de la curiosidad. Descubramos nuevas geografías, personas o libros. Accedamos a otros conocimientos, a opiniones y culturas diferentes.
• Jugar por jugar, por el placer del juego en sí mismo. No por competir, ni por ganar. Desde el sedentario hasta el más activo, los juegos canalizan vivencias insuficientemente expresadas. Demos oportunidades a la risa.
• Permitir sentimientos de indefensión. Aprender a pedir, a buscar ayuda, a dejarse proteger y mimar. No por ello se menoscaba nuestra dignidad o fortaleza. Cuanto más oportunidades demos a los demás para que nos ayuden, más importantes seremos para ellos y más acogidos y seguros nos vamos a sentir.
• Aprovechar y fomentar las oportunidades para desarrollar la fantasía y la aventura. Y, por supuesto, la capacidad de gozar.
por Xóchitl Zepeda León

1 comentario:

EL NUEVO RINCON DE LA BRUJIS dijo...

ES VERDAD MUCHAS VECES EN VIVIR RAPIDO LA VIDA SE PIERDE ESE NIÑO EN ESTE CASO NIÑA INTERIOR.,...PERO A MI AUN NO SE ME A PERDIDO JAJJJA UTA QUE SOY CABRA CHICA BECHOS MANITA TEQUIERO MUCHO Y GRACIAS POR ESTOS POSTEOS HACEN PENSAR